domingo, 18 de enero de 2015

UNA PÉRDIDA DE TIEMPO

Odio estar sin hacer nada. Lo reconozco: soy un chico bastante inquieto. No soporto estar parado, sentado en el sofá de casa sin aunque sea zarandear el pie al ritmo de la primera canción que me venga a la cabeza. Esos momentos de vagancia absoluta en los que no te pasa nada ni por las piernas ni por la mente, y eso segundo es lo que detesto. Hay veces en las que físicamente estoy inmóvil, pero aun así aprovecho para pensar en algo; pero lo que odio es cuando no me sale ni el pensar. No es solo culpa de mi inquietud, es por lo que supone: perder el tiempo. Algo tan valioso e importante como el tiempo no debe ser derrochado. Me agobia estar acostado en la cama mirando al techo sin que mi imaginación diga de ir más allá de él. Odio sentir la necesidad de escribir y que no me salgan las palabras con las cuales desfogarme. Detesto lo que vulgarmente se llama "perder el tiempo". La verdad es que, de todas las frases hechas que existen en la lengua castellana, "perder el tiempo" es la más acertada literalmente hablando. Cada segundo que pasa sin que hagas algo de provecho es un segundo perdido. Un segundo en el que tal vez (dramatizando un poco) podrías haber hecho algo importante o, simplemente, algo. Un segundo en el que te podrían haber pasado por la cabeza miles de ideas. Un segundo perdido acumulado. Por eso es tan valioso el tiempo. Son como los granos de polvo en un reloj de arena que van discurriendo poco a poco a lo largo de la vida, y que cada vez que caen, no pueden volver a donde cayeron. Cada segundo es tan único y valioso como todos los demás. Yo, ahora, aprovecho mi tiempo escribiendo esto para vosotros, con la vaga esperanza de que al leerlo no os suponga una pérdida de tiempo...

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