Aquella
mañana no me despertó el intermitente y agudo pitido del cardiógrafo del
paciente de la habitación de arriba, cuyo sonido estaba más que acostumbrado.
Tampoco el piar madrugador de las golondrinas en el pequeño jardín que se
divisaba al asomar la cabeza por la ventana de mi habitación, o mejor dicho, de
mi celda; celda de paredes violeta con un alto rodapié de madera pintada de
negro mate que combinaba de forma espantosa con las cortinas plastificadas que
cada mañana y cada noche abría mi madre junto al cristal de la ventana para que
me diera un poco el aire fresco o para fascinarme con la nieve que de cuando en
cuando caía en Madrid o algunas mañanas de escarcha y niebla donde, cuando era
más pequeño, tonteaba conmigo abriendo el cristal y diciendo: “¡Mira! ¡Cuidado,
la niebla va a entrar!”. Era muy pequeño. Me hacía gracia y me hacía olvidar la
que era una confusa sensación que a aquella edad no conseguía comprender. Lo
que me despertó aquella mañana en concreto fue el absolutamente incómodo roce
de la manta de la camilla con mi nuevo muñón de la rodilla derecha. Un
susurrante gemido de dolor advirtió a mi madre de que estaba despierto y no
tardó en atenderme.
—
Ten cuidado anda… —me dijo mientras sacaba mi descuartizada pierna de la
sábana- esta vez si que te han metido a fondo la anestesia…
—
Uf… —suspiré intentando espabilarme un poco— ¿cuánto he dormido?
—
Todo un día —respondió—. Ten cuidado con… —su cara se turbó al instante. Apoyé
mi mano a la altura del isquion derecho y la deslicé a través del muslo hasta,
otra vez en la rodilla, una sensación ardiente me hizo apartar la mano como si
la hubiera puesto en una hoguera o en agua hirviendo. Quise echarle un vistazo
yo también. Me incorporé y me senté en el borde de la cama intentando ‘estirar
las piernas’. Un inefable cosquilleo, en la misma rodilla, me confirmó mi
temor. Me habían amputado la pierna. Miraba incrédulo aquella pavorosa imagen
siendo inconsciente de cómo las lágrimas discurrían por mi faz. Una amplia gasa empapada por una mezcla de
betadine y sangre cubría el extenso corte. Un leve y desesperado sollozo alertó
a mi madre, a quien también se le notaba estar sufriendo un calvario al ver a
su propio hijo ante semejante situación. Se acercó a mí y se sentó a mi lado,
luego me puso la mano en el hombro, me besó en la mejilla y me dijo:
— Tranquilo…el médico
vendrá pronto… —no respondí. Solamente podía mirar aquello. De vez en cuando
intentaba mover la pierna, pero nada. Otra vez sentía el suave cosquilleo. Solo
articulaba el muslo torpemente (...)
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