viernes, 9 de enero de 2015

ADELANTO DE "PROYECTO TAURUS"

Aquella mañana no me despertó el intermitente y agudo pitido del cardiógrafo del paciente de la habitación de arriba, cuyo sonido estaba más que acostumbrado. Tampoco el piar madrugador de las golondrinas en el pequeño jardín que se divisaba al asomar la cabeza por la ventana de mi habitación, o mejor dicho, de mi celda; celda de paredes violeta con un alto rodapié de madera pintada de negro mate que combinaba de forma espantosa con las cortinas plastificadas que cada mañana y cada noche abría mi madre junto al cristal de la ventana para que me diera un poco el aire fresco o para fascinarme con la nieve que de cuando en cuando caía en Madrid o algunas mañanas de escarcha y niebla donde, cuando era más pequeño, tonteaba conmigo abriendo el cristal y diciendo: “¡Mira! ¡Cuidado, la niebla va a entrar!”. Era muy pequeño. Me hacía gracia y me hacía olvidar la que era una confusa sensación que a aquella edad no conseguía comprender. Lo que me despertó aquella mañana en concreto fue el absolutamente incómodo roce de la manta de la camilla con mi nuevo muñón de la rodilla derecha. Un susurrante gemido de dolor advirtió a mi madre de que estaba despierto y no tardó en atenderme.
— Ten cuidado anda… —me dijo mientras sacaba mi descuartizada pierna de la sábana- esta vez si que te han metido a fondo la anestesia…
— Uf… —suspiré intentando espabilarme un poco— ¿cuánto he dormido?
— Todo un día —respondió—. Ten cuidado con… —su cara se turbó al instante. Apoyé mi mano a la altura del isquion derecho y la deslicé a través del muslo hasta, otra vez en la rodilla, una sensación ardiente me hizo apartar la mano como si la hubiera puesto en una hoguera o en agua hirviendo. Quise echarle un vistazo yo también. Me incorporé y me senté en el borde de la cama intentando ‘estirar las piernas’. Un inefable cosquilleo, en la misma rodilla, me confirmó mi temor. Me habían amputado la pierna. Miraba incrédulo aquella pavorosa imagen siendo inconsciente de cómo las lágrimas discurrían por mi faz.  Una amplia gasa empapada por una mezcla de betadine y sangre cubría el extenso corte. Un leve y desesperado sollozo alertó a mi madre, a quien también se le notaba estar sufriendo un calvario al ver a su propio hijo ante semejante situación. Se acercó a mí y se sentó a mi lado, luego me puso la mano en el hombro, me besó en la mejilla y me dijo:
— Tranquilo…el médico vendrá pronto… —no respondí. Solamente podía mirar aquello. De vez en cuando intentaba mover la pierna, pero nada. Otra vez sentía el suave cosquilleo. Solo articulaba el muslo torpemente (...)

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