lunes, 19 de enero de 2015

EL NUEVO REINO

Érase una vez, en un pueblo muy lejano, reinaba una princesa hermosa bajo su mano de seda y sus ojos azabaches, pero tan cristalinos como los copos de nieve. Sus labios rosados exhalaban mandatos a sus súbditos, quienes no podían rechistar ante la dulzura de su embelesadora voz. Todo el mundo estaba feliz con la princesa, tanto los campesinos como los reinos colindantes. A pesar de la felicidad del pueblo, la princesa no conseguía ser feliz ella misma, ya no le faltaba algo; un príncipe con quien casarse. 

Tras conocer a varios pretendientes, un día se presentó en su castillo un osado caballero. Lucía una armadura plateada con el emblema de su reino en el pecho con gesto prepotente y embravecido. Iba decidido a conquistar a la princesa, y así lo hizo. Pronto, la princesa y el caballero se casaron, siendo los reyes de ambos reinos. A la boda acudieron todos los reyes de alrededor y otros altos cargos de honor y reputación. El convite fue por todo lo alto, sin mesuras, de tal manera que durante mucho tiempo no se dejó de hablar de la boda. Una vez en el trono, el nuevo rey no tardó en ganarse un prestigio considerable. En cuestión de un año, se hizo más poderoso que la propia reina. La bella reina no le dio importancia a aquello, hasta que un día su majestad fue engañada. Una noche se produjo un incendio en la zona más céntrica y poblada del reino; un gran incendio que conllevó la vida de muchos aldeanos. Los súbditos, coléricos, arremetieron contra el rey, quien testificó en su defensa que el fuego fue provocado por la reina, excusándose de los celos y la rabia de no abarcar el poder tras la boda, a lo que no pudo hacer nada para defenderse. El rey se había salido con la suya, y tras el veredicto del pueblo, fue exiliada, obligándola a no volver jamás. Sabía que no podía hacer nada contra su cruel esposo, así que no tuvo más remedio que irse. Intentó buscar refugio en los reinos cercanos, pero el rey se encargó de que los reyes próximos a él supieran del supuesto incendio, por lo que nadie estuvo dispuesto a cobijarla bajo sus murallas. La reina perdió todas las esperanzas, y solo podía vagabundear por el mundo en busca de caridad. 

Pasó el tiempo, y hacia ya tres años de la tragedia cuando la gente se olvidó de la reina.Nadie se acordaba de ella, mientras en su reino, su esposo gobernaba a sus anchas con mano de hierro. Un día de tremendo calor, de camino a una pequeña pedanía, el sol azotaba el cielo y la tierra, y ni las sombras de los árboles eran capaces de mitigar el sofoco. Tampoco se salvó del calor la reina, que a las puertas del pueblo cayó rendida, desmayada en medio del sendero. Cuando se despertó estaba en una habitación de una casa rústica, tumbada en una cama con un trapo húmedo en la frente. Se incorporó al borde de la cama, estupefacta y aún algo conmocionada, y empezó a curiosear el cuarto. Al poco alguien abrió la puerta. Tras ella apareció un joven con una barba corta morena y un hacha, cargando sobre su espalda un saco lleno de leña. La princesa, asustada, se arrinconó en una esquina de la cama, y para tranquilizarla dejó el hacha y el saco y se acercó cuidadosamente, como si pretendiese sosegar a un animal salvaje. Cuando la reina se calmó, el joven le tocó la frente para comprobar su salud y le trajo bebida y comida. Cuando recobró el sentido, le preguntó dónde estaba. "Esta es mi cabaña —contestó—. Estamos en medio del bosque. Fui a buscar algo de leña y te encontré tirada en el suelo...". La princesa le dio tímidamente las gracias, mirando fija al suelo con la mirada perdida mientras le daba sorbos a su vaso. El leñador se interesó por ella, pero la reina lo ignoró. Aun así, amablemente, le ofreció quedarse en su choza cuanto tiempo fuese preciso.

Corrían los días y los meses, y la princesa seguía sin encontrar un lugar en el que permanecer, aunque le cogió el gusto a la vida en el bosque. Acabó viviendo con el joven que la salvó, y conforme pasaba el tiempo,se iban enamorando. Una noche, cenando, la reina volvió a disuadir su mente, y como había hecho más de una vez (en vano), le preguntó qué le ocurría; pero en esta ocasión acabó por soltar sus remordimientos. Le contó todo lo que le sucedió en su reino; el rey, el engaño, el exilio, y tras terminar de contar su pasado rompió a llorar tapándose la cara con las manos. Sin decir nada, el joven le puso la mano en el hombro y le besó en la frente. Ella se destapó, se cruzaron las miradas y, para intentar animarla le dijo: "Seguro que echas de menos la vida en palacio...pues bien, ¡vamos a hacer nuestro propio reino!". "Déjate de tonterías..." recriminó la princesa, pero sin perder un ápice de ilusión continuó: "¡Que sí! ¡Lo digo en serio! Hagamos nuestro propio país... ¡Y esta cabaña será nuestro palacio!". Estaba loco, o eso pensó la princesa, pero aun así algo hubo en sus palabras que le impulsó a colaborar con él. Lo que empezó con una tontería, al poco prosiguió con una humilde posada cerca de la cabaña para los que frecuentasen el bosque. Adquirió pronto fama entre los visitantes, y con las ganancias construyeron un edificio más. Y con ese igual. Y así sucesivamente hasta formar un gran imperio. La reina volvió a recuperar su corona, pero en aquel nuevo pero prestigioso país, y lo que parecía un juego, terminó siendo un reino mayor incluso que en el que vivía antes. Un reino que la llenaba más, y sobre todo, un reino que podía gobernar de la mano de aquel que la quería y la hacía tan feliz. La sombra del antiguo rey solo fue un mero recuerdo, y, como acaban los cuentos, los nuevos reyes vivieron felices y comieron perdices...

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