Ensayo presentado a las Olimpiadas Filosóficas
de la Región de Murcia.
(...) El siguiente escalón, el cultural, es sin duda superior. En medio de esa evolución tan especial algunas personas nacen con un nuevo instinto: el instinto de la curiosidad, la necesidad de saber y conocer cómo funciona el entorno que nos rodea. De este instinto se ha formado una nueva versión de supremacía en la que los más eruditos encabezan nuestra especie. Aquellos que más saben sobre el mundo, e incluso aquellos que saben cómo somos y reaccionamos (aludiendo al campo de la psicología) son a los que idolatramos socialmente. La cultura sería perfecta de no ser por un defecto demasiado exacerbado como para dejarlo pasar por alto: la cultura se puede corromper. Es como un arma de doble filo; igual que corta la ignorancia y abre nuevos caminos para la humanidad que se usa para fomentar la misma ignorancia o como herramienta para alcanzar la satisfacción de nuestros instintos (por lo que estaríamos hablando de un “escalón” intermedio natural-cultural, pero ya que para ello requiere conocimientos y saber lo clasifico en este “escalón cultural”). Los conocimientos, al igual que otros ejemplos como las armas, se usan para bien o mal dependiendo de en qué manos caiga. Alexander Fleming, descubridor de los efectos de la penicilina, tuvo que ser sin duda un hombre culto y sabio para averiguar tal descubrimiento. Contradictoriamente, el hombre que inventó la bomba atómica con la que se sembró tanta muerte y terror también tuvo que serlo. Cada uno elige hacia dónde y hacia qué dirigir sus conocimientos. De igual manera que de la cultura puede surgir una sociedad armónica y conforme entre sus componentes, de la cultura misma puede nacer la maldad, la arrogancia y la tiranía en sus máximos exponentes. Es solo un defecto, pero es suficiente para tirar por la borda toda su reputación.
En el trayecto de nuestra Historia nos hemos dividido en estos dos “escalones”, pero me queda por mencionar un “tercer escalón”, un escalón superior al cultural: el “escalón emocional”. Un “escalón”, desde mi punto de vista, perfecto. Una última planta en la que se encuentran las personas que se dejan llevar por lo único que es completamente puro: las emociones. Y no cualquier tipo de emoción, sino las primeras. Esas que experimentas por primera vez. ¿Por qué quedan grabadas en nosotros? El propio término te lo dice. Cuando experimentamos por primera vez un sentimiento lo percibimos en su absoluta plenitud, como puede ser un primer amor juvenil, la primera clase para un maestro o la primera operación para un cirujano. Los sentimientos se alojan en nuestro corazón tal como son; luego somos nosotros los que, con el paso de las experiencias y tras meditarlos y analizarlos, distorsionamos esas emociones y por lo tanto, para la próxima vez que tenemos que encontrarnos con ellas no son tan “puras”. Sin embargo, las verdaderas emociones se quedan grabadas en nuestro corazón e incluso en nuestro cerebro, apoderándose de la supuestamente todopoderosa cultura. El resultado es una minoría que no se guía ni por el instinto ni por su afán de saber. Se mueven por lo que les dicta el corazón. Como he dicho, son una minoría, pero son un ejemplo a seguir, ya que son los únicos que se llenan por completo. Son los únicos que cumplen esos sueños que todos tenemos y son los únicos que no tienen miedo a mostrarse cómo son de verdad, y sin tener por qué perjudicar a los demás. Son locos. Una auténtica muestra de cómo debería ser la humanidad. Eso es lo que dice qué somos. No son los instintos animales. No es la cultura ni los conocimientos. Son los sentimientos que hemos aprendido a percibir y a valorar los que nos hacen ser nosotros; eso sí, cada uno a su manera. Es tan hermosamente indescriptible que no se puede detallar por completo.
Esta es la razón de ser del humano actual: seguir lo que le señala el corazón y perseguir más sus deseos que sus deberes. Hemos tardado miles de años, pero al fin hemos descubierto la verdadera esencia de la humanidad. No del humano en sí, sino de la humanidad, que es lo que de verdad nos distingue de los animales. Como acabo de mencionar, la humanidad nos distingue de los animales, y los sentimientos mezclados con un poco de cultura y una pizca de instinto propio es lo que nos hace especiales a cada uno por ser quienes somos. Es lo que nos aporta nuestra esencia personal. Es lo que nos hace ser personas. Lo que nos hacer ser quienes somos realmente.
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