Ensayo presentado a las Olimpiadas Filosóficas
de la Región de Murcia.
El ser humano es, innegablemente, una desviación de esa evolución de la que hablan darwinistas, creacionistas y demás. A diferencia del resto de seres vivos, nosotros avanzamos psicológicamente alcanzando niveles que ninguna otra especie ha podido igualar. Como me dijo un maestro una vez, la humanidad empezó a recorrer este camino cuando adquirió consciencia de algo por sí mismo y no por instinto: el crimen. Ni la escritura ni el habla ni demás pamplinas que tratan los evolucionistas. Fue cuando nuestros antepasados aprendieron a meditar y a procesar un robo, un rapto o, incluso, un asesinato cuando nos apartamos de los seres vivos convencionales. En definitiva: cuando aprendimos a cambiar el instinto por la malicia.
Como animales que somos seguimos nuestro camino evolutivo y fuimos aprendiendo un poco más con cada paso que dábamos, poco a poco. Pero llegó un momento en el que, aun perteneciendo a la misma especie, nos dividimos. Esos conocimientos hicieron avanzar solo a aquellos que eran capaces de obtenerlos, aquellos que tenían acceso a la cultura. Esta cultura puso a un sector intelectual por encima de aquellos más primitivos y rudos, que es lo que pasó en un principio con la cultura grecorromana y se ha ido traspasando con el paso de los siglos. El ser humano ha usado durante toda la Historia a la cultura como herramienta para, inconscientemente, saciar uno de sus instintos más animales: el de superioridad. La pura necesidad de conocimiento y curiosidad personal se ha ido enturbiando para tornarse en la necesidad de demostrar a los demás que se es intelectualmente superior y, por lo tanto, fragmentamos a nuestra especie en dos “escalones” según su desarrollo mental: el “escalón natural” y el “escalón cultural”.
El “escalón natural”, guiado y orientado por los instintos primigenios que desarrollaron nuestros ancestros, es propio de personas sin cultura ni conocimiento alguno, y (por tanto) no tienen más incumbencia que la suya propia y la de sus cercanos. No quiero ni voy a cortarme. Estas personas no tienen vergüenza ni la palabra “prójimo” en su diccionario y no tienen más meta que el bien propio. Solamente son animales evolucionados sin rastro de humanidad y personalidad. Por si hay mal entendimiento, no estoy refiriéndome a pobres o marginados. Los tenemos en nuestro entorno, y seguro que el que esté leyendo esto estará recordando a algún caso de alguien en concreto que encaje con esta descripción. No siempre muestran de primeras sus atavismos, a veces hay que escarbar un poco en la persona para encontrar su verdadera naturaleza (nunca mejor dicho). (...)
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