La vida es sabia. Muy sabia. A veces incluso demasiado. Hay ocasiones en las que el destino te enseña sobre la vida a base de pruebas y desafíos. Otras, simplemente, te muestra aquello que debes aprender para ver si eres capaz de comprender su enseñanza. Eso es lo que me pasó a mí hace una semana.
Estuve yendo al gimnasio hace unos meses, pero lo dejé. Al principio parecía atractivo, pero con el tiempo se volvía demasiado tedioso, así que me cambié de actividad. Natación. Nada mejor después de un día laboral que el cálido aroma a cloro y sentir que eres capaz de flotar en el agua como si estuvieras en el mismo espacio. Siempre me ha gustado nadar, así que no me disgustó la idea de probar. Empecé hace poco, y la verdad, lo encuentro mejor que el gimnasio, aunque este no es el tema. Un día tuve la suerte de que al llegar tenía una calle entera para mí. Parece un poco una tontería, pero hacedme caso, se agradece. Sin pensármelo dos veces me quité las chanclas y me tiré de cabeza al agua. Estuve nadando solo durante unos veinte minutos cuando un hombre joven apareció. Cuando llegué al extremo de la calle donde él estaba me pidió con toda la educación del mundo si podíamos compartir la calle. Levanté la cabeza del agua para ver si había alguna otra libre, no quería que se acabase mi libertad acuática, pero a mi pesar no, estaban todas ocupadas. Un poco a regañadientes (aunque no se me notó en la voz, si no hubiera quedado algo feo) tuve que decir que sí,aunque la verdad es que el joven no resultó para nada molesto.
Minutos después, la vida prendió la mecha. Estaba descansando en el final de la calle cuando vi que otro hombre se había acoplado a la calle y estaba calentando al principio del tramo. Preferí hacer con él como con el joven, intentar hacer como si nada, así que seguí nadando. Cuando llegué aún seguía calentando. "Buenas tardes"le dije por cortesía. "Buenas tardes" me respondió más por no quedar en feo que por amabilidad. De inmediato se pegó a la pared de la piscina para coger impulso y empezó a nadar. Yo me esperé a que hubiera suficiente espacio entre los dos para no estorbar, y esperando lo vi. Cerca de mis chanclas, junto a un pequeño trampolín, se erguía ni más ni menos que una ortopedia. Así, a ojo, llegaba a más arriba de la rodilla. Me quedé algo estupefacto, por lo que miré al hombre que había saludado para comprobar si era suya, pero iba ya por la mitad del largo por lo que no se veía bien. Cogí yo también impulso y me dispuse a alcanzarlo. No le pillé, pero sí que me crucé pronto con él, y efectivamente, ese hombre tenía una pierna menos.
En ese momento no quise darle importancia, prefería seguir nadando, pero una vez fuera, de camino a casa, no pude evitar pensar en ello. Nadie puede evitarlo. Pero no me refiero desde el sentido de la pena, sino del valor. Había oído muchos casos de discapacitados que siguen haciendo ejercicio a pesar de sus problemas, pero nunca había visto un ejemplo con mis propios ojos. Y como he dicho, no me afectó de ese hombre el sentimiento de pena, sino el de decisión de seguir con su vida. Lo que viene siendo espíritu de superación. Un espíritu de "tirar para adelante" que a mucha gente hace falta. Ese tarde la vida me enseño algo: no existe barrera alguna (ya no digo física, sino también mental o psicológica) que te impida hacer lo que quieres. Las fronteras te las pones tú al creer que no eres capaz de superarlas.
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